En los episodios de esta semana te he hablado de activismo, control y miedo al caos. Hoy te cuento una historia muy interesante que nos ilustrará esto.
Me impactó mucho una escena de la película “On a wing and a prayer” , que traduce en las alas y una oración, una historia verdadera de sobrevivencia, donde un padre de familia que viaja con toda su familia luego del funeral de su hermano´, queda a la deriva cuando el piloto sufre un infarto fulminante.
O caen todos y mueren o decide conducir el avión, que no sabe cómo volar. Había hecho una sola clase de pilotaje de otro modelo de avión y, de hecho, había reprobado, abandonando posteriormente su entrenamiento. Ahora, muy cerca de morir, junto con toda su familia a bordo, tenía que seguir las instrucciones del controlador aéreo, un piloto desconocido, con algo de experiencia, que le daba instrucciones por celular.
Nadie pensaba que lo iba a lograr. Primero encontró una pista donde aterrizar y, con la ayuda de su esposa y la radio, bajan milagrosamente de una gran altura, pero cuando están a punto de punto de tocar pista la torre de control de urge a subir de nuevo porque la nave estaba completamente inestable y serpenteante. De repente se encontraron con la más patente oscuridad de una tormenta, frene a sus ojos. El fin estaba cerca. Entonces es contactado por otro entrenador que, para poder guiarlo tuvo que crear en su propio taller un tablero de emergencia, con base en un manual que encontró del modelo de dicho avión.
Comienza el desenlace, y el farmaceuta, ahora piloto improvisado, lo hace bien. Ya muy cerca de la pista, y habiendo salido milagrosamente del hoyo de la tormenta, ocurren dos cosas importantes: hace una oración de solicitud urgente a Dios, la que no había querido hacer durante toda la emergencia porque se sentía abandonado y decepcionado: ¡Ayúdame! le dice desesperado. Luego recibe una instrucción final a punto de tocar pista. Le dicen así: “suelta todo, suelta el timón, suelta el acelerador y el freno” y con la más absoluta incredulidad, lo suelta todo. Para sorpresa de todos, el avión logra estabilizarse suficientemente como para coger con seguridad la pista y parar por sí solo; el piloto automático ha hecho bien su trabajo. ¿La clave de este éxito? Pidió y soltó. De otro modo estarían muertos él y toda su familia.
Esta historia dramática nos evidencia una realidad: la historia personal y cómo percibimos a Dios, impactan mucho nuestra identidad y qué tanta adicción al control sufrimos. Cómo experimentamos el cuidar de otros, el liderazgo sobre ellos el ritmo de trabajo y la capacidad de parar, descansar y disfrutar, dependen mucho de cómo haya sido afirmada nuestra identidad, como vimos en el episodio pasado.
Es importante que si cualquier momento viviste momentos de caos como esta emergencia en el aire; una circunstancia salida de control, tal como una tragedia, una violación a tus límites o pérdidas grandes que dejaron huellas en tu vida, llevándote a querer salir solo de ese caos, con una compulsión al hacer y tomar el control, el mejor consejo que recibió este piloto: suelta todo, suelta el timón, suelta el freno, es lo mejor que puedes hacer. Si es tu caso no trates de controlar el caos, busca ayuda y pide dirección e instrucción.
En mi caso, la sanidad más profunda ocurrió cuando me di cuenta de cómo El Espíritu Santo se movía sobre lo desordenado y vacío, en el Principio, y cómo con la Palabra del Verbo, entonces lo caótico se convirtió en hermosura, belleza y orden que disfrutamos ahora. Sí la instrucción de ese piloto a lo lejos que le dijo: suelta, yo me encargo, es exactamente lo que hizo nuestro Dios Trino y Creador de todo el Universo. Está a cargo, tiene el control de todo ¿por qué supongo que yo lo puedo hacer mejor, en vez de invitarlo a Él que ordene el caos? Este fue uno de esos momentos en que la revelación de la Palabra me cambió la vida, de echo me arrepentí porque entendí que no podía seguir tomando el control.
Cuando la identidad deja de depender solamente del desempeño o de lo bien que se puedan manejar las cosas, podremos encontrar el descanso que los hijos protegidos experimentan en casa, porque alguien cuida de ellos. Un hijo o una hija amados no tendrán la necesidad de controlarlo todo y hacerlo todo.
¿Estás listo para confiar que Alguien te pueda guiar y puedes soltarlo todo? ¿Qué tal invitar al Espíritu Santo hoy a ordenar tu propio caos? Sugiero que dejes de intentar controlarlo para entrega todo a Él. Hay un Padre a cargo, y puedes ser su Hijo. Ya no eres esclavo del temor, eres hijo de Dios, dice una canción muy famosa de Julio Melgar.
Te comparto una linda promesa que siempre me llena de descanso. Dice en Romanos 8:15-17
¨Pues ustedes no han recibido un espíritu de esclavitud para volver otra vez al temor, sino que han recibido un espíritu de adopción como hijos, por el cual clamamos: «¡Abba, Padre!». El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si en verdad padecemos con Él a fin de que también seamos glorificados con Él¨
Sí, ni la tormenta ni el riesgo están exentos de la posible ruta que tengamos que vivir, pero si padecemos con él, entonces seremos glorificados con Él.